El resultado fue un período de confusión con el desarrollo de numerosas corrientes distintas: por la forma, la duración de los impulsos, así como la gama de frecuencias utilizadas.
Estas corrientes, en ocasiones peligrosas, seguían resultando incómodas, lo que limitaba la eficacia terapéutica de la técnica. Pero la historia de la electroterapia no se hizo racional hasta comienzos de los años 80. Y esto fue así gracias a los avances combinados de los conocimientos de la fisiología y la tecnología. Una vez que se comprendieron los efectos de base de la electricidad aplicada sobre los tejidos vivos, las únicas corrientes que deberían emplearse hoy en día son las que garantizan una absoluta seguridad para el paciente, la máxima comodidad y, por tanto, una eficacia óptima. En este contexto, y bajo los auspicios de la sociedad Compex, la electroterapia se ha desarrollado considerablemente en el transcurso de las últimas dos décadas.